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Cuando la tecnología avanza más rápido que nuestra forma de cuidar


En muchos servicios ya no sorprende oír conversaciones como esta: el nuevo sistema ahorra tiempo, el algoritmo prioriza mejor, la herramienta reduce errores. Lo que sí sorprende es lo que suele venir después, una sensación difusa de que, aun con más tecnología, algo del trabajo se vuelve más difícil de sostener. No por falta de eficiencia, sino por desgaste humano.

La promesa es conocida. La inteligencia artificial va a revolucionar la medicina. Desde la automatización de tareas diagnósticas hasta la robótica avanzada que algunos, como Elon Musk, presentan como capaz de hacer prescindible gran parte de la formación médica tradicional.

El mensaje cala porque conecta con una realidad incuestionable, la tecnología ya está haciendo mejor muchas cosas que antes requerían años de entrenamiento humano.

El problema aparece cuando esta promesa se interpreta de forma simplista.

La IA no entra en los hospitales solo como una herramienta más potente. Entra redistribuyendo el trabajo, desplazando el esfuerzo cognitivo, acelerando decisiones y liberando tiempo operativo. Conceptualmente, no sustituye al profesional, redefine dónde se espera que ponga su atención. Y ahí empieza la confusión.

Lo que parece es que el valor del profesional sanitario disminuye a medida que la máquina gana precisión. Lo que realmente ocurre es lo contrario, el valor se desplaza hacia aquello que no se puede automatizar. La lectura fina de una situación humana, la presencia en un momento de vulnerabilidad, la capacidad de sostener una conversación difícil sin huir ni mecanizarla.

Eso que rara vez aparece en los protocolos, pero que condiciona de forma directa la experiencia del paciente y la salud mental del profesional.

Aquí suele malinterpretarse la compasión. Se la trata como un rasgo personal o un adorno moral, algo deseable pero secundario. Sin embargo, el trabajo de Stephen Trzeciak muestra algo incómodo para esta narrativa, la compasión no es un intangible blando. Es una interacción concreta, medible, con efectos fisiológicos en el paciente y efectos protectores frente al burnout en quien cuida. No es añadir algo al trabajo, es cambiar cómo se hace el trabajo.

Cuando no se ve así, aparecen efectos conocidos. Profesionales liberados de tareas técnicas pero sobrecargados emocionalmente, equipos muy competentes desde el punto de vista clínico que se vuelven frágiles en lo relacional, organizaciones que invierten en tecnología esperando aliviar la presión y descubren que el cansancio persiste, solo que ahora es más silencioso.


La paradoja es clara, cuanto más invisible se vuelve el cuidado humano, más impacto tiene cuando falta.

Formar equipos en lo invisible no va de volver a un ideal romántico de la medicina.

Va de reconocer que la compasión, la comunicación y la capacidad de leer contextos son habilidades operativas en entornos de alta complejidad.

Son el puente entre eficacia clínica y sostenibilidad profesional.

Ignorarlas no hace el sistema más moderno, lo hace más frágil.


Quizá la pregunta de fondo no sea si la IA sustituirá al profesional sanitario, sino otra más incómoda, cuando la tecnología nos quite todo lo que puede hacer por nosotros,

¿estamos preparando a los equipos para hacerse cargo de lo que queda?

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