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Cuando nadie cambia, nada cambia

Actualizado: 22 ene

En muchas organizaciones sanitarias el liderazgo se asocia, casi sin pensarlo, al cargo. A quien firma, coordina, decide o representa. Mientras tanto, en el trabajo real, el que ocurre bajo presión, con pacientes esperando y recursos limitados, la mayoría de las decisiones que sostienen la cultura no pasan por ningún despacho. Ocurren en silencio, en gestos pequeños, repetidos, casi automáticos.

Y es ahí donde, aunque no se nombre así, se ejerce liderazgo todos los días.

De qué hablamos cuando hablamos de liderazgo sanitario

Liderar en un entorno asistencial no consiste únicamente en marcar dirección o definir prioridades. Consiste, sobre todo, en cómo se actúa cuando toca responder, no cuando se diseña. En qué se tolera, qué se nombra, qué se evita y qué se repite sin pensar demasiado.

Ese liderazgo no siempre es visible. No tiene título. Pero deja rastro: en el clima del equipo, en la forma de coordinarse, en la experiencia profesional y, finalmente, en la experiencia del paciente.

Nada de eso aparece de golpe. Se va construyendo comportamiento a comportamiento.

Lo que parece un asunto organizativo… y no lo es del todo

Cuando algo no funciona, es habitual mirar al sistema: la estructura, los procesos, la carga asistencial, la falta de recursos. Todo eso importa. Mucho. Pero hay un punto en el que esa mirada se queda corta.

Porque incluso en contextos exigentes, el día a día se sostiene a través de decisiones individuales: cómo se habla a un compañero cuando hay tensión, cómo se prioriza cuando no se llega a todo,cómo se responde ante un error, cómo se trata a quien está aprendiendo.

Pensar que el cambio llegará solo cuando “la organización cambie” es una forma sutil de posponer la parte que sí depende de cada uno.

La confusión más habitual

Se suele creer que el liderazgo empieza cuando alguien decide cambiar a otros. En realidad, empieza cuando alguien decide cambiar algo de su propia manera de actuar, aun sabiendo que eso no garantiza un efecto inmediato ni reconocimiento alguno.

Sin esa voluntad individual, discreta, sostenida e imperfecta lo colectivo no se mueve. Puede haber discursos, iniciativas y planes. Pero la cultura observable sigue intacta.

El liderazgo sin cargo no transforma de golpe. Pero cuando no existe, nada se transforma en absoluto.

Lo que ocurre cuando nadie asume esa parte

Cuando el liderazgo se externaliza siempre hacia arriba, aparecen patrones conocidos: cansancio, escepticismo, sensación de estar atrapados en lo mismo. No porque falten ideas, sino porque nadie ha cambiado todavía lo suficiente como para que algo distinto empiece a notarse.

El sistema acaba cargando con una expectativa imposible: cambiar sin que nadie tenga que cambiar de verdad.

La pregunta que queda abierta

Si el liderazgo sanitario no empieza en el cargo, sino en los comportamientos cotidianos que se repiten bajo presión…¿qué parte del funcionamiento diario de tu entorno profesional sigue exactamente igual porque tú, personalmente, no has cambiado nada todavía?

 
 
 

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