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La cultura es cómo funciona el hospital cuando el trabajo aprieta

Actualizado: 22 ene

En el pase de guardia, alguien pregunta: “¿Esto cómo se hace aquí?”. Y la respuesta no llega en forma de protocolo. Llega en forma de miradas, de silencios, de un “depende”, de quién se atreve a hablar y quién ya aprendió que no compensa.

Ese momento es cultura. No porque sea bonito, ni porque sea “blando”. Porque es lo que realmente organiza la conducta cuando el trabajo aprieta.

Qué es cultura en una organización sanitaria

La cultura es el sistema de expectativas y hábitos colectivos que determina:

  • qué se considera normal (y qué se penaliza)

  • cómo se decide bajo presión (y quién puede influir)

  • cómo se coordina el trabajo real (cuando faltan manos, tiempo o claridad)

  • qué se puede decir (y qué se calla para sobrevivir)

Dicho sin jerga: cultura es cómo funciona el hospital cuando nadie está “explicándolo”.

Por eso, en salud, la cultura no es un tema “de valores”. Es un tema de seguridad, coordinación, aprendizaje y trato humano. Porque en entornos complejos, lo que manda no es lo que se declara: es lo que se repite.

Qué NO es cultura

Si no incomoda un poco, la definición se vuelve decorativa. Así que, con precisión:

La cultura NO es:

  1. La misión, visión y valores en la web. Eso es declaración. Puede ser sincero. Pero no te dice qué pasa cuando hay tensión, error o conflicto.

  2. El “buen ambiente”. Un equipo puede parecer amable y, aun así, vivir en miedo a hablar, en ironía crónica o en resignación silenciosa. El buen ambiente no prueba nada.

  3. La actitud individual de “la gente”. Culpar a “la gente” es la coartada más frecuente. Cultura no es carácter. Es patrón: lo que el sistema provoca y refuerza.

  4. Los procesos escritos. Un hospital puede tener procesos impecables y una cultura que los sabotea cada día. El papel define. La cultura decide si se cumple, se adapta o se ignora.

  5. La formación impartida. Que algo se haya explicado no significa que se haya integrado. Cultura es lo que permanece cuando el curso ya no está.

Si aceptas estas negaciones, ocurre algo incómodo: ya no puedes esconder la cultura detrás de un póster, ni detrás de “tenemos procedimientos”, ni detrás de “aquí la gente es difícil”. Te obliga a mirar el funcionamiento real.

La distinción clave: lo que parece vs lo que está ocurriendo

En sanidad, cultura suele malinterpretarse porque se confunde con discurso. Y el discurso tiene una ventaja: suena bien.

Pero en la práctica, lo que manda suele estar en cuatro capas que casi nunca se nombran:

  • Procesos (lo definido y redactado)

  • Hábitos (lo que hacemos cuando el proceso no llega). Atajos, apaños, rutinas de supervivencia. No por maldad: por carga.

  • Comportamientos (lo visible en la interacción).Quién interrumpe, quién se justifica, quién pregunta, quién evita, quién se expone.

  • Liderazgo (lo que se refuerza y lo que se corrige). Aquí está la parte que más se niega: no lo que el líder “dice”, sino lo que tolera, castiga o premia.

La cultura aparece cuando hay fricción entre esas capas. Por ejemplo:

  • El proceso dice “doble verificación”, pero el hábito es “hazlo rápido que no llegamos”.

  • El valor declarado es “transparencia”, pero el comportamiento real es “mejor no lo menciones en la reunión”.

  • La organización proclama “aprendizaje”, pero el liderazgo reacciona al error con búsqueda de culpable.

En ese punto, la cultura no es lo que el hospital quiere ser. Es lo que el hospital está entrenando sin decirlo.

Consecuencias prácticas de no verlo

Cuando una organización sanitaria no define bien la cultura (y, por tanto, no la mira), pasan cosas muy concretas. No filosóficas. Concretas.

1) Se instala la confusión operativa. Cada servicio “hace lo suyo”. Cada turno interpreta distinto. Se pierde un lenguaje común y la coordinación se vuelve personalista (“depende de quién esté”).

2) Se premia el atajo y se castiga la pregunta. El sistema aprende que cumplir el indicador importa más que entender el trabajo. Preguntar molesta. Avisar de un riesgo “crea problemas”. Y la seguridad se resiente.

3) Se sustituyen conversaciones por desgaste. Lo que no se habla se actúa: sarcasmo, microconflictos, bloques invisibles entre perfiles (“los de planta”, “los de urgencias”, “los de dirección”). La cultura se vuelve un reparto de trincheras.

4) Se cronifica el error sin aprendizaje. Si el error genera vergüenza o castigo, la organización no aprende: se vuelve experta en esconder. Y en entornos complejos, esconder no es neutral: es peligroso.

5) La gente buena se desconecta. No siempre se va. A veces se queda… pero baja el nivel de implicación. Hace lo justo. Se protege. Y el hospital pierde lo que más necesita: criterio compartido y responsabilidad viva.

Lo más serio es que, si no se nombra la cultura, se empieza a tratar como un “tema blando”. Y entonces se gestiona mal: con campañas, con frases, con iniciativas sueltas. Mientras el día a día sigue entrenando lo contrario.


Si la cultura es “cómo se hacen las cosas aquí”, la pregunta no es si la tienes. La tienes siempre. La pregunta real es otra:

¿Tu cultura la están diseñando vuestras decisiones cotidianas… o la está diseñando el cansancio, el miedo y la prisa?

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